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Cuando
era niño, cada vez que le llegaba algún sufrimiento especial, la mamá le
mostraba un crucifijo y le recordaba que Jesús ofreció sus sufrimientos por
nosotros, y que también nosotros debemos ofrecer por Él lo que sufrimos. Así
lo fue entusiasmando por la Pasión de Cristo.
Su padre le leía
de vez en cuando el libro de vidas de Santos, y esto lo animaba mucho a ser
mejor. Aquel buen hombre avisaba también continuamente a su hijo acerca de lo
peligroso y dañino que es juntarse con malas compañías. Así lo libró de
muchos males y peligros.
A los 15 años oyó
un emocionante sermón acerca de esta frase de Jesús: "Si no se convierten
y no hacen penitencia, todos perecerán". En esa fecha hizo una confesión
general de toda su vida y desde aquel día empezó a dormir en el duro suelo, a
ayunar, a dedicar varias horas de la noche a rezar y a leer libros piadosos.
Luego organizó con algunos de sus compañeros una asociación de jóvenes para
ayudar a los demás con sus palabras y buenos ejemplos a ser mejores. Varios de
esos muchachos se hicieron religiosos después.
Se alistó en el
ejército del Sumo Pontífice para defender la religión, pero después de un año
se dio cuenta que no tenía vocación para militar. Luego rechazó unos negocios
muy prometedores que le ofrecían y un matrimonio muy brillante que se le
presentaba. Se quedó por varios años en la casa de sus padres dedicado a la
oración, a la meditación y a practicar la caridad hacia los pobres.
En 1720 vio que
en sueños le mostraban una sotana negra con un corazón y una cruz blanca y el
nombre de Jesús. Era como un aviso del hábito o distintivo que debería dar a
sus religiosos. Después en una visión oyó a la Sma. Virgen que le aconsejaba
fundar una comunidad que se dedicara a amar y hacer amar la Santísima Pasión
de Jesucristo. Pablo presentó estos mensajes por escrito al Sr. Obispo y a su
director espiritual. Ambos, conociendo la vida heroica de virtud y oración que
el joven había llevado desde niño, reconocieron que se trataba realmente de
una vocación señalada por Dios. Y el Sr. Obispo le dio a Pablo la sotana negra
con el corazón blanco y la cruz sobre el pecho.
Pablo se retiró
durante 40 días a redactar los Reglamentos de la nueva comunidad, en una húmeda
habitación junto a una sacristía, donde vivió todo ese tiempo a pan y agua y
durmiendo por la noche en un lecho de paja. Esos Reglamentos son los que han
seguido siempre sus religiosos. Luego se dedicó a ayudar a los sacerdotes a dar
clases de catecismo, y a predicar misiones populares con gran
éxito.
Los primeros
candidatos que se presentaron pidiendo ser admitidos en la nueva Congregación,
encontraron demasiado duro el Reglamento y se retiraron. Mientras tanto San
Pablo de la Cruz y un compañero suyo viajaban por los pueblos predicando
misiones y obteniendo muchas conversiones.
El Papa Benedicto
XIV aprobó los Reglamento, pero suavizándolos un poco, y entonces empezaron a
llegar novicios, y pronto tuvo ya tres casas de religiosos pasionistas.
En todas las
ciudades y pueblos a donde llegaba predicaba acerca de la Pasión y Muerte de
Jesucristo. A veces se presentaba con una corona de espinas en la cabeza.
Siempre llevaba en la mano una cruz, y con los brazos extendidos, el santo
hablaba de los sufrimientos de Nuestro Señor, en forma que conmovía aun a los
más duros e indiferentes. A veces, cuando el público no demostraba conversión,
se azotaba violentamente delante de todos, por los pecados del pueblo, de modo
que hacía llorar hasta a los soldados y a los bandoleros.
Un oficial que
asistió a algunos de sus sermones decía: "Yo he estado en muchas
batallas, sin sentir el mínimo miedo al oír el estallido de los cañones. Pero
cuando este padre predica me hace temblar de pies a cabeza". Es que Dios le
había dado la eficacia de la palabra y el Espíritu Santo le concedía la
gracia de conmover los corazones.
En los sermones
era duro e intransigente para no dejar que los pecadores vivieran en paz con sus
vicios y pecados, pero luego en la confesión era compresivo y amable, invitándolos
a hacer buenos propósitos, animándolos a cambiar de vida, y aconsejándoles
medios prácticos para perseverar siendo buenos cristianos, y portándose bien.
Dios colmó a San
Pablo de la Cruz con dones extraordinarios. A muchas personas les anunció cosas
que les iban a suceder en el futuro. Curó a innumerables enfermos. Estando a
grandes distancias, de pronto se aparecía a alguno para darle algún aviso de
importancia, y desaparecía inmediatamente. Rechazaba toda muestra de veneración
que quisieran darle, pero las gentes se apretujaban junto a él y hasta le
quitaban pedacitos de su sotana para llevarlos como reliquias y recuerdos.
Con su hermano
Juan Bautista trabajaron siempre juntos predicando misiones, enseñando
catecismo y atendiendo pobres. Como ambos eran sacerdotes, se confesaban el uno
con el otro y se corregían en todo lo necesario. Solamente una vez tuvieron un
pequeño disgusto y fue cuando un día Juan Bautista se atrevió a decirle a
Pablo que lo consideraba un hombre verdaderamente virtuoso. El santo se disgustó
y le prohibió hablarle por tres días. Al tercer día Juan Bautista le pidió
perdón de rodillas y siguieron siendo buenos amigos como antes.
En 1771 fundó la
comunidad de Hermanas Pasionistas que se dedican también a amar y hacer amar la
Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
En 1772 sintiéndose
muy enfermo mandó pedir al Papa su bendición para morir en paz. Pero el Sumo
Pontífice le respondió que la Iglesia necesitaba que viviera unos años más.
Entonces se mejoró y vivió otros tres años.
Su muerte ocurrió
el 18 de octubre de 1775 cuando tenía ochenta años. Antes de cien años (1867)
fue declarado santo.